miércoles, agosto 17, 2005

La industria del deseo.



Sandra Rodriguez Olvera*
videasta
meka_26@hotmail.com
*



La mesa, la mesa que más aplaude
Le mando la niña, le mando la niña, za, za, za, za
Y acuza y acuza...
(Climax) Balboa Records.




I. Tiempos y movimientos.


Él se descubre detrás de esa silueta afeminada, un sudor ralo corre por su cuerpo, como si siguiera trabajando en esa maquiladora de ropa ubicada en la periferia de la ciudad de Toluca, el sol penetra por la sabana rota de su pequeño cuarto, iluminando un viejo poster de Talía, el calor del sol desencadena aromas de cuerpos sudorosos entremezclados con el humo de cigarrillos, de fruta pudriéndose, de comida de un día anterior, de claveles y veladoras.
La noche reclama pronto su cuerpo, cuando ve descubierto en falsas realidades su ilusión. Lavar, rasurar, tallar, enjuagar un cuerpo, dos, o tres veces más, para olvidar vejaciones o dolores bajo el abdomen, sale del baño, con el torso cubierto por una toalla desgastada y manchada por maquillaje, envolviendo su rubia cabellera (quemada por el decolorante que se colocó el día anterior) en una tela color rosa para retirar el agua que escurre por sus afilados hombros. Al entrar al cuarto; Bibi, Cristal y Karina se ven envueltas en un zafarrancho, abriendo y cerrando cajones, disputándose el turno del rimel, buscando de bajo de la cama alguna media servible, entre confeti de faldas, tops, botas, rubores, rizos, lápices labiales y risas entrecortadas se escuchan las voces de los protagonistas de Bajo la misma piel, telenovela del momento.

Sacar, untar, polvorear, rasurar, esparcir, delinear, un brazo en movimiento, unos pechos alterados y maquillados para convertirse en unas voluptuosas tetas, dos piernas trabajando, pensando la mejor pose para atraer al cliente, es como un enginerig en proceso; tu allá, yo acá; no te vayas con cualquiera, le dice imperativamente Karina a la más pequeña de todas, Vanesa. Aquí esta mejor, ayer no me agarraron, a mí si y luego la Vanesa que no pudo ni siquiera correr ¡hay pobrecita!, dos, tres, cuatro, repasadas al papel de dama y adiós masculinidad. Son casi las diez de la noche y se dispone a salir con sus compañeras de trabajo, se da el último toque a su joven rostro, una, dos, tres veces delinea sus labios de color rojo, rocía sobre su cuerpo una fragancia que le hace estornudar. Y todo el tiempo son piernas, culos, medias, minifaldas, el cuerpo desnudo ataviado con algo que lo hace ver más desnudo, al igual que sus amigas se posa frente a su fe, protección y luz, la santa muerte, prende una veladora, hacen una pequeña oración, se persignan y finalmente salen.

En la esquina de la calle un olvidado poste destella luz al igual que una luciérnaga, se complica el caminar, el lodo y polvo de los autos estropean sus ropas; sin embargo, caminan apresuradamente luchando con los tacones como aquel empleado que a pesar del tráfico matutino hace todo lo imposible por llegar temprano para conservar su estimulo de puntualidad; disciplina, responsabilidad e imagen son las claves para mantenerse en el trabajo. Preguntan la hora a un transeúnte, aceleran su paso, finalmente llegan a la avenida. Inmediatamente un taxista se detiene, intercambian un par de palabras para acordar una negociación, suben.

Hay en los cuerpos en fila una nausea imprecisa, yo veo un baile donde todos circulan, son más de las diez de la noche y en la periferia comienza otra jornada de trabajo, obreros entran y salen de las fábricas, algunos se dirigen a sus hogares, otros a algún espacio de divertimento, otros solo caminan bajo la luz de la noche, carnaval de eternos viajeros. Algunos traileros aprovechan su paso para cargar gasolina, otros toman un refrigerio en el súper de veinticuatro horas. Al mismo tiempo circulan coches y camiones de carga; a lo lejos se escucha el silbar del tren, el próximo aterrizaje de un avión, la fuga de gases de las fábricas cercanas, el zumbido de los postes de luz y por si fuera poco el cantar de los grillos.

En la esquina de la gasolinera se detiene un taxi; con una estimulante coquetería, se observa bajar un delgado pie cubierto por una zapatilla negra que evidencia el trabajo de su portadora, no por el color ni la calidad del calzado, si no por que su tacón de aguja pareciera una roseta de maíz a punto de estallar, inmediatamente la portadora de este zapato desgastado se hace aparecer y con ella otros cuerpos llenos de luz, que ponen al descubierto su piel color barro. La más joven Vanesa se incorpora con plena naturalidad a su espacio de trabajo, lo que provoca una reacción inmediata en sus demandantes, sus clientes.
El primero de la noche aparece en un coche deportivo, ella se acerca e intercambian algunas palabras,

- ¡hola primor!
-Que te trae por aquí, ¿quieres algo rico? Conmigo, oral $200 y completo $400, si a otro hotel $600, y no ¡no! puedo ir a tu casa.

El cliente parece no estar convencido y ella se retira, el segundo de la noche llega en una van de carga color blanco, ella se acerca, llegan a un acuerdo y se va con él, pasan quince minutos y no sabemos de ella, mientras tanto sus demás compañeras tratan de llegar a un acuerdo con los demás clientes. Es más de la media noche, en tanto, Vanesa y sus compañeras continúan subiendo y bajando de los coches, trabajan como si tuvieran que mantener un cierto nivel de clientes para obtener un plus en su jornada de trabajo o de lo contrario tendrán que trabajar horas extras en algún lugar de la ciudad, para obtener más dinero o mayor placer. Después de todo, sólo es tiempo y movimiento.


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