miércoles, febrero 06, 2008

Los trabajadores del entretenimiento en la ciudad en movimiento I




En tiempos en que la cultura está siendo convertida por obra y gracia de la mercantilización en patrimonio cultural de la oligarquía financiera. Cuando la trivialidad académica etiqueta a las disciplinas artísticas como “expresiones alternativas o en resistencia“ y en tiempos en que las políticas culturales proponen construir un parque temático o una playa artificial allá donde se encuentre una comunidad marginal o popular, surge la necesidad por parte de los distintos sectores de la comunidad de artistas, creadores e intelectuales autónomos, pensar el significado y la vigencia de nuestra labor.
Quienes producen obra o ponen en circulación ideas; artistas, creadores o como se consideren, están entre asegurar la continuación-variación de una tradición viva, esencialmente ligada a los valores sustraídos de la sociedad, y la pseudo-innovación académica programada y repetitiva impuesta por los señores de la industria del entretenimiento, la cual refleja el desmoronamiento de los valores sociales sustantivos – el conocimiento, la solidaridad, la ayuda mutua -. De aquélla aspiración de elevar la cultura social que vencería al Estado y a la cultura nacional para fundar una nueva sociedad, meta del ferviente anhelo de cualquier artista autónomo diría el filósofo alemán Rudolph Rocker.
El actual alud de festivales, espectáculos y academias mediáticas, así como la pedagogía de la cultura autofinanciada marcan las tendencias hacía la hegemonía de la monocultura del libre mercado, es decir la cultura practicada como entretenimiento, poblada de "artistas" de lo efímero; diseñadores en lugar de artistas plásticos, interpretes en lugar de compositores, escritores de best sellers en lugar de novelistas, dj¨s en lugar de músicos, entre otros trabajadores del entretenimiento, quienes, organizados por empresas contratistas e instituciones públicas del sector a imagen y semejanza de una ensambladora de automóviles participan del ascenso de la insignificancia cultural.

El efecto básico del ascenso del entretenimiento simulado de cultura, es que sus ejecutivos (empresas de representación, corporaciones del entretenimiento, empresas de bienes y servicios de la cultura) consideran al creador, al artista, al científico, al científico social como meros proveedores de contenidos al servicio de sus empresas. Además son considerados como empleados del sector, quienes deben seguir los lineamientos marcados por las necesidades de la cultura como negocio. Ese es el motivo por el cual los planes y programas de estudio de las carreras de economía, antropología o sociología estén plagados de técnicas cuantitativas.Las encuestas, los programas de cómputo, los estudios de mercado, los análisis de las formas de vestir y los gustos musicales marcan la capacitación de los futuros empleados de las empresas del entretenimiento o de las instituciones públicas del entretenimiento; SEP, CNCA, INBA, INAH, Secretarías de cultura. Debido a la hegemonía de esa lógica, la creación artística y cultural de contenidos sociales y humanísticos está en declive, al menos como venían desarrollándolos los involucrados. Así, al interior del confuso mapa de grupos, colectivos y el tumulto de artistas e intelectuales autónomos o que aspiran a serlo la cultura libertaria, la pedagogía de la liberación, la apropiación del arte para la educación, el arte como medio para la socialización están cediendo su lugar al estancamiento confuso de los viejos esquemas de la marginalidad, la cultura de la queja y la oposición política como sí estuviéramos en el siglo antepasado.
Esta práctica contribuye consciente o inconscientemente a la parálisis cultural en la que se encuentra inmiscuida la cultura de nuestro país (todavía hablamos de ella mientras no desaparezca del mapa la nación). Este declive, resultado del oportunismo político, el cinismo estético o desencanto social esta favoreciendo la rapsodia de insignificancias que pueblan el actual ambiente de festivales, concursos, conciertos, ferias o eventos ofertados como bienes y servicios a los nuevos públicos como suelen decir los agotados especialistas que realizan investigaciones de mercado en las instituciones públicas y privadas de entretenimiento.
Los antiguos compañeros de viaje que tanto amaban la cultura popular o la cultura de la resistencia ahora participan alegremente en la industria del entretenimiento, debido, justifican, a las apremiantes necesidades económicas o debido a las necesidades de status social. Esa decisión individual que raya en la privatización individual, va acompañada de la aceptación de las peores condiciones laborales de las que tengan memoria las anteriores generaciones de artistas y creadores. Dichas condiciones van de los bajos honorarios a la imposibilidad de crear derechos de seguridad social y pago forzoso de impuestos que ni los trabajadores de planta se imaginan. Por ese camino simplemente aceptan de manera tácita los valores del libre mercado y la banalización de los significados que pudiera transmitir un artista, por ejemplo un diez de mayo en una plaza comercial o un Wal mart.
Forzados entonces por las "necesidades" inmediatas muchos de los creadores y artistas optan por chacotear en las inauguraciones para "relacionarse" con algún curador o funcionario que los promueva, algunas otras veces se asumen como gestores culturales e incluso otros más tienden a convertirse en policías (in)voluntarios de la limpieza cultural. Presas de está hegemonía, los trabajadores libres del entretenimiento no alcanzan a darse cuenta que el retiro de las responsabilidades sociales y culturales por parte del gobierno representa dejarle la cancha libre a los procesos de privatización de los espacios públicos, encabezados por fundaciones y "grupos de la sociedad civil" paradójicamente integrados por un buen número de funcionarios que hasta hace algún tiempo gestionaron las instituciones públicas de cultura. ¿Por ejemplo, cuál fue el papel de la Fundación Murrieta en la producción de la instalación corpórea de Spencer Tunick?


En medio de este ejército de promotores de la "economía cultural" y fragmentados socialmente, el artista y creador son expropiados de su "trabajo" creativo bajo los nuevos esquemas de la contratación en paquete, el lugar en el programa del festival cultural en turno, "la colectiva", las actividades itinerantes y la "autogestión" empresarial de recursos para realizar sus producciones. Bajo esta lógica "culturizante" el artista se convierte en un proveedor programable de contenidos: él tiene que invertir, esforzarse, ser flexible, comunicar sus eventos, vender boletos y dar créditos a sus "apoyadores" con tal de tener presencia en el escenario de la cultura del espectáculo.
Con ello la fragmentación social se convierte en una encarnizada competencia por un escaso lugar en la programación, o interlocución con las instituciones y sobretodo rompe con los lazos de solidaridad que podría tejer una comunidad de artistas y creadores urbanos. Tal vez la consecuencia más fatal es que el trabajo, la obra de los productores de cultura está degradándose al nivel de convertir la acción creativa en una actividad de ejecución virtuosa pero sin contenido. Lo que hoy demandan las empresas del entretenimiento, y a ello no escapan ni siquiera las empresas de cultura y arte alternativo, es realizar una acción cultural que encuentre en sí misma su propia realización, en donde el individualismo del creador sea la premisa que lo lleve a realizar su obra.
El virtuosismo es la máxima impuesta por la estetización – mercantilización de la cultura, en los lugares que todos conocemos: exposiciones efímeras, participantes de foros nacionales de consulta dizque para hacer los planes nacionales y locales de cultura, limpiadores del arte sucio y actores de la gestión de la crisis presupuestaria de las instituciones públicas de cultura. Actividades convertidas por los funcionarios de la cultura en estadísticas de asistencia de públicos que atiborran sus informes cuantitativos. Por eso el virtuosismo, el cual no da lugar al desarrollo de verdaderas obras nutre las iniciativas de expropiación de la libertad creativa, la propiedad intelectual y el retiro de las responsabilidades culturales del estado, para dar paso a la cultura del entretenimiento administrado por las instituciones públicas y las corporaciones.Es desde esa óptica en donde podemos encontrar las explicaciones profundas del declive de la cultura y el arte, así como de la desaparición del "apoyo" a las culturas urbanas, populares e indígenas por parte de las instituciones públicas. Pero también la gran confusión competitiva en la que se encuentran las viejas y nuevas generaciones de aspirantes a artistas o creadore